Hace seis meses que se fue. Estoy delante de la puerta, como
esperando que alguien me dé un último empujón. Desde el accidente, he paseado
por las calles de alrededor cientos de veces. He pasado por el portal. Por el
portal donde llevo viviendo más de dos años. Lo he ignorado. Mi mente no ha
querido verlo, lo ha intentado borrar y en su lugar, colocar una pared. Una
pared blanca sin ningún matiz. Pero por fin estoy delante. Por fin he reunido
el valor. Abro el portal y me llega un olor familiar que intenta emerger miles
de recuerdos, como si fueran trozos de un barco hundido. Miro el buzón. Esta
rebosante de cartas. Las ignoro y me dirijo al ascensor. 4ºC. Mientras sube, mi
mente parece no funcionar. Como si fuera grandes engranajes de un reloj y
estuvieran parados. Ahora sí, la última puerta. Dos vueltas de llave me separan
de lo que queda de nuestra vida juntos. Estoy
dentro. Sigue oliendo a nosotros. Las persianas están subidas y por las
ventanas entra claridad, aunque la casa esta helada. Avanzo ignorando la que
era nuestra habitación, que queda a mi derecha, aunque sé que voy a tener que
lidiar con esos fantasmas mas tarde. Entro en la cocina. Aun sigue la taza del
desayuno intacta, con los posos de café secos en el fondo. Abro la llave del
gas. Recuerdo que siempre cerraba la llave. Decía que era una manía. Que su
abuelo siempre le decía que la llamita del calentador gastaba gas. A mí me
sacaba de quicio entrar en la ducha y que saliera agua fría. Me encantaban sus
absurdas manías que no sabía argumentar, y que acababa defendiéndolas con una
sonrisa. Abro el armario y cojo un vaso. Abro el grifo y bebo un poco de agua.
Mi garganta lo agradece. Hay agua corriente porque aunque no he pisado la casa
en seis meses, he seguido pagando el alquiler. Quería que todo estuviera tal y
como lo dejo ella. Salgo de la cocina y me dirijo al salón. Todo está
exactamente igual que la noche en que salí. Aunque no he pensado en ello, por
alguna razón se que todo está igual y por un momento, una sensación se apodera
de mi. Una sensación tranquilizadora. Como si nada hubiera ocurrido. Una sensación
de normalidad que hace que me vuelva a sentir en casa. Y me siento bien, como
cuando estaba a su lado. Miro el reloj. Son las seis menos cuarto de la tarde.
Solo la quedan quince minutos para salir de trabajar y en media hora estará
aquí. Pero en media hora no estará aquí. No estará en ningún sitio, porque se
ha ido para siempre. El frio es lo que hace que vuelva de mi ensoñación, y lo
sé, porque ha vuelto el dolor en el pecho que lleva viviendo conmigo tanto
tiempo ya. Respiro hondo, luchando contra mis impulsos. Retrocedo hasta la
puerta y miro a nuestra habitación. Abro la puerta. Hay una camisa mía encima
de la silla y su pijama esta por el suelo. Nuestra cama esta sin hacer porque
seguramente no le dio tiempo a hacerla. Pero mi lado sigue intacto y de repente
siento como si una mano me estrangulara la garganta por dentro. No puedo
respirar y un sabor amargo me sube hasta la boca. Rompo a llorar. El accidente
era inevitable, pero daría lo que fuera por poder pasar esa última noche con
ella y no con otra. Con otra persona que posiblemente no se acuerde ni de mi nombre. Consigo tranquilizarme. Tengo las manos heladas. Me siento en mi lado de la cama.
Me quito los zapatos y me tumbo. Poco a poco noto como se me van relajando los musculos y sonrio pensando en los momentos que nunca me podran arrebatar. Cierro los ojos y me duermo.