jueves, 12 de julio de 2012

Verdad y consecuencias


Hace seis meses que se fue. Estoy delante de la puerta, como esperando que alguien me dé un último empujón. Desde el accidente, he paseado por las calles de alrededor cientos de veces. He pasado por el portal. Por el portal donde llevo viviendo más de dos años. Lo he ignorado. Mi mente no ha querido verlo, lo ha intentado borrar y en su lugar, colocar una pared. Una pared blanca sin ningún matiz. Pero por fin estoy delante. Por fin he reunido el valor. Abro el portal y me llega un olor familiar que intenta emerger miles de recuerdos, como si fueran trozos de un barco hundido. Miro el buzón. Esta rebosante de cartas. Las ignoro y me dirijo al ascensor. 4ºC. Mientras sube, mi mente parece no funcionar. Como si fuera grandes engranajes de un reloj y estuvieran parados. Ahora sí, la última puerta. Dos vueltas de llave me separan de lo que queda de nuestra  vida juntos. Estoy dentro. Sigue oliendo a nosotros. Las persianas están subidas y por las ventanas entra claridad, aunque la casa esta helada. Avanzo ignorando la que era nuestra habitación, que queda a mi derecha, aunque sé que voy a tener que lidiar con esos fantasmas mas tarde. Entro en la cocina. Aun sigue la taza del desayuno intacta, con los posos de café secos en el fondo. Abro la llave del gas. Recuerdo que siempre cerraba la llave. Decía que era una manía. Que su abuelo siempre le decía que la llamita del calentador gastaba gas. A mí me sacaba de quicio entrar en la ducha y que saliera agua fría. Me encantaban sus absurdas manías que no sabía argumentar, y que acababa defendiéndolas con una sonrisa. Abro el armario y cojo un vaso. Abro el grifo y bebo un poco de agua. Mi garganta lo agradece. Hay agua corriente porque aunque no he pisado la casa en seis meses, he seguido pagando el alquiler. Quería que todo estuviera tal y como lo dejo ella. Salgo de la cocina y me dirijo al salón. Todo está exactamente igual que la noche en que salí. Aunque no he pensado en ello, por alguna razón se que todo está igual y por un momento, una sensación se apodera de mi. Una sensación tranquilizadora. Como si nada hubiera ocurrido. Una sensación de normalidad que hace que me vuelva a sentir en casa. Y me siento bien, como cuando estaba a su lado. Miro el reloj. Son las seis menos cuarto de la tarde. Solo la quedan quince minutos para salir de trabajar y en media hora estará aquí. Pero en media hora no estará aquí. No estará en ningún sitio, porque se ha ido para siempre. El frio es lo que hace que vuelva de mi ensoñación, y lo sé, porque ha vuelto el dolor en el pecho que lleva viviendo conmigo tanto tiempo ya. Respiro hondo, luchando contra mis impulsos. Retrocedo hasta la puerta y miro a nuestra habitación. Abro la puerta. Hay una camisa mía encima de la silla y su pijama esta por el suelo. Nuestra cama esta sin hacer porque seguramente no le dio tiempo a hacerla. Pero mi lado sigue intacto y de repente siento como si una mano me estrangulara la garganta por dentro. No puedo respirar y un sabor amargo me sube hasta la boca. Rompo a llorar. El accidente era inevitable, pero daría lo que fuera por poder pasar esa última noche con ella y no con otra. Con otra persona que posiblemente no se acuerde ni de mi nombre. Consigo tranquilizarme. Tengo las manos heladas. Me siento en mi lado de la cama. Me quito los zapatos y me tumbo. Poco a poco noto como se me van relajando los musculos y sonrio pensando en los momentos que nunca me podran arrebatar. Cierro los ojos y me duermo.

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